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Cómo convertirte en un Titan Desert.

Escribo desde mi casa, con la costilla dolorida y magulladuras por todo el cuerpo, recién regresado del Sáhara. Con la sensación de haber alcanzado un nuevo sueño y haberme convertido en otra persona. Crucé la meta de la Titan Desert 2019, en el sur de Marruecos, tras seis jornadas durísimas que ponen a prueba a cualquiera. Lo digo con orgullo, pero también con la humildad que te proporciona saberte vulnerable y superar los contratiempos a base de esfuerzo y trabajo en equipo.

Lo primero es dar las gracias: a mi familia y a los amigos que estuvieron a mi lado apoyándome, empujándome y enviándome fuerza en los momentos más difíciles. Su energía es la que me ha permitido no solo terminar la prueba, sino hacerlo en el puesto 49 de mi categoría, algo impensable cuando salí de Barajas la madrugada del 27 de abril.

El desierto pone a prueba tus límites físicos y mentales  

En este tipo de pruebas tan exigentes el reto no es realmente físico. A pesar de la dureza del terreno, de los accidentes y de perderte en medio de la inmensidad del desierto (hablaré de ello más adelante), el desafío es mental. Psicológico.  Muchas veces las personas nos estresamos y bloqueamos cuando pensamos nada más que en términos de tiempo y de éxito. Nos presionamos mirando el reloj y el podio.

Estoy seguro de que algunas personas se rinden cuando su cuerpo dice “basta”, y no hay nada de lo que avergonzarse.  Durante la prueba creo que pude ver cómo algunos corredores se bajaron de la bici simplemente porque no pudieron superar la soledad de sentirse en medio de la pura nada. Cuando pedaleas por el desierto estás completamente solo, durante cinco o seis horas, sin música ni redes sociales, sin teléfono ni nada de lo que nos acompaña en el día a día.

Durante la mayor parte de la prueba estas completamente aislado y solo escuchas el sonido de tu bicicleta y de tu respiración. Tienes que ser capaz de convivir contigo mismo nada más. Algo difícil en el mundo frenético en el que vivimos.

Tras cada agotadora jornada encontrabas un nuevo sentido a las pequeñas cosas de la vida

La mezcla de presión y vacío puede quebrar emocionalmente a cualquiera, pero para alguien como yo puede convertirse en una experiencia espiritual. Desde el primer día sentí entre las dunas de Erg Chebbi esa sensación de libertad tan placentera al estar alejado de distracciones: solos mi bicicleta, el desierto y yo.

A lo largo de las seis jornadas fui capaz de hallar un tesoro bajo la arena del desierto. ¿Qué había en su interior? Tiempo y serenidad. Pude reflexionar sobre mi vida en una nueva dimensión. También pensé en el trabajo, en los retos que afrontamos en Natural Athlete. Y las soluciones a los problemas y los desafíos llegaron con más nitidez y simplicidad que cuando los abordas en medio del ajetreo de la ciudad.

El campamento, sobre el que es obligado elogiar la organización de la Titan Dsert, se desmantelaba al empezar cada jornada y cambiaba de ubicación. Tras cada etapa, encontrábamos las tiendas montadas y toda la comida y la bebida que requeríamos más de medio millar de deportistas. También había duchas y lavandería, donde tanta arena y sudor había que eliminar. La Titan Desert nos proporcionaban todo tipo de comida, pero solo aproveché el agua, porque era crucial mantener mi dieta. Los productos de Natural Athlete, que llevábamos desde Madrid, fueron clave para nutrirme cada día y recuperarme del desgaste tremendo del desierto, tanto al término de la etapa como durante el pedaleo.  Gracias a estos nutrientes naturales pude prescindir de los carbohidratos refinados que otros competidores consumían.

En las jaimas comí, sobre todo, huevos y Beef Jerky de Natural Athlete. Además, todas las tardes me recuperaba con proteína natural disuelta en agua y crema de cacahuete. Las barritas energéticas de Natural Athlete fueron mi mejor aliado durante la carrera, tanto por sus nutrientes como por la facilidad de degustarlas encima de la bici.

Como conclusión, puedo deciros que el campamento era de todo menos un hotel de cinco estrellas. Pero tras cada agotadora jornada, cualquier pequeño detalle se convertía en algo grande. Desde un simple vaso de agua a una charla en torno a una sencilla mesa con el equipo de Natural Athlete y con los nuevos amigos hechos en la prueba. Soy consciente, por encima de las penalidades y contratiempos, que allí encontramos la paz y el reconocimiento mutuo que aún siento ya de vuelta en casa.

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La paz y la recompensa costaron sudor y lágrimas… La prueba no fue un camino de rosas

Durante las seis etapas mi ritmo fue bueno, siempre terminando entre los 100 primeros. A veces la ruta era una auténtica bendición para los ciclistas, con tramos de extraordinaria belleza o con el piso más firme. Pero con frecuencia la dureza del terreno y la altura de las dunas nos obligaba a bajar de la bicicleta y correr con ella al hombro para tratar de no perder demasiado tiempo. Y los accidentes eran continuos.

A estas alturas de mi vida puedo decir que soy un ciclista experimentado, pero incluso con esa experiencia en pruebas extremas como los Iroman, tuve dos accidentes: el primero fue en el quinto día y salí con arañazos y moratones, pero lo peor llegó en la sexta etapa. Una caída me causó una fisura en una costilla. En el momento no le di importancia y continué la carrera, pero ahora que estoy en casa es cuando el dolor ha ido a más. Allí, en el desierto, no había tiempo para contemplaciones.

Además de las heridas, hubo otros contratiempos. En la segunda etapa me perdí. Estaba a solo 15 kilómetros de la meta y, en un intento por avanzar más rápido, me aventuré por un camino aparentemente más rápido. Por desgracia, me topé con unas dunas altísimas y me demoré demasiado tiempo. En ese atajo me acompañaron dos ciclistas, una delante y otro detrás de mí, pero tras unos minutos en fila me quedé completamente solo. Decidí volver sobre mis pasos, pero me encontré rodeado de arena y de dunas, en medio del desierto, sin ninguna referencia.

Me subí a la duna más alta y no se avistaba nada. Hasta que de repente escuché un llanto a lo lejos, a una distancia de un par de kilómetros. Y le vi. Era un compañero. Con la bici al hombro, por la dureza de las dunas, me acerqué y comprobé que él estaba aún más perdido y desesperado que yo. Lloraba, y me quedó claro que tenía que sacarlo de allí. Nos pusimos en marcha tratando de volver sobre nuestros pasos, hasta que encontramos a otros tres ciclistas perdidos. Entre todos fuimos capaces de encontrar el recorrido principal y llegar a la meta.

Perdí mucho tiempo, 40 minutos, pero el aprendizaje de la experiencia y la solidaridad colectiva que permitió que aquello no fuera a mayores lo compensó todo. El cronómetro era lo de menos cuando crucé la meta. Puedo decir sin lugar a dudas que la Titan Desert no se entiende si no pasas, y superas, este tipo de desafíos.

El final del viaje

La emoción que me embargó cuando atravesé la línea de llegada el último día fue abrumadora. Me asaltaron todos los sentimientos que un ser humano es capaz de experimentar al mismo tiempo. Es difícil tratar de resumirlo o describirlo con una palabra o una frase. Ninguna expresión podría hacer justicia a lo que supone sentir que has llegado, que lo has conseguido tras tanto sufrimiento. Lo único que recuerdo con nitidez es que en ese momento pasó por mi cabeza todo el trabajo previo, los entrenamientos, los temores, la energía que me suministraron mis compañeros y mi familia… Me sentí como un titán, sin vanidad de ningún tipo. Y observando las caras exhaustas, pero felices, de mis compañeros de aventura percibí en ellos ese mismo sentimiento.

Antes de terminar, me gustaría trasladar mis condolencias a la familia y amigos de Fernando Civera, que lamentablemente falleció durante la prueba. En un profundo pesar colectivo, tanto de los participantes como de la organización de la Titan Desert. Fernando siempre estará en nuestro corazón y su nombre quedará grabado en letras mayores en la historia de la prueba.

Esto es todo. Gracias de nuevo por el apoyo que me habéis prestado. Y ahora, ¡a por la próxima aventura!

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#SoloTieneCosasBuenas

Niklas Gustafson
Autor del post
Niklas Gustafson

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